En los últimos años, el mundo corporativo ha presenciado un fenómeno poco común: las mujeres no solo están ingresando al campo de la sostenibilidad empresarial, sino que lo están liderando. Mientras el techo de cristal persiste en la mayoría de las áreas del C-Suite, los roles de sostenibilidad se han convertido en una excepción notable y una puerta de entrada al poder ejecutivo.
Las cifras que marcan la diferencia
Los datos son contundentes: según GreenBiz (2024), las mujeres representan el 63% de los ejecutivos de sostenibilidad en grandes compañías a nivel mundial. Esta cifra contrasta profundamente con la realidad general del liderazgo corporativo, donde apenas el 29% de los puestos ejecutivos son ocupados por mujeres (Deloitte, 2024).
En Estados Unidos, el cargo de Chief Sustainability Officer (CSO) muestra una tendencia especialmente destacada: el porcentaje de mujeres en este rol se duplicó entre 2011 y 2023, alcanzando el 58%, según el Weinreb Group CSO Report 2023. En 2020, solo el 19% de las empresas del Fortune 500 contaban con un CSO; para 2023, esa cifra subió al 43% (Climate Impact Partners, 2023).
Fuentes: GreenBiz 2024, Weinreb Group 2023, Deloitte 2024, ONU 2023.
Un campo fértil, pero con techos persistentes
La sostenibilidad se ha consolidado como una vía de ascenso ejecutivo para las mujeres más rápido que otras áreas. Según Oliver Wyman, hasta hace pocos años el cargo de responsable de sostenibilidad estaba "enterrado dos o tres niveles por debajo" de la alta dirección. Hoy, el CSO tiene línea directa con el CEO.
Sin embargo, persiste una paradoja: aunque las mujeres dominan los niveles medios y ejecutivos de sostenibilidad corporativa, su presencia se reduce drásticamente en el nivel más alto del poder institucional. Un estudio de la ONU (2023) señala que solo el 15% de los ministerios de medio ambiente a nivel global están liderados por mujeres, y en las negociaciones climáticas de la ONU, apenas el 38% de las delegadas son mujeres.
En el sector de tecnología climática (Climate Tech), las brechas son aún más pronunciadas: según el Global State of Women's Leadership 2024 (HolonIQ), las mujeres ocupan apenas el 10% de los roles de liderazgo, uno de los porcentajes más bajos entre sectores con alta demanda de talento.
América Latina: avances con paso desigual
Según el Informe Global sobre la Brecha de Género 2023 del Foro Económico Mundial, América Latina y el Caribe ha cerrado casi el 74,3% de su brecha de género, ubicándose como la tercera región con mayor paridad en el mundo. Sin embargo, al ritmo actual, la región tardaría 53 años en alcanzar la plena paridad.
En México, el informe IMCO "Mujeres en las empresas 2024" revela que solo el 3% de las direcciones generales de empresas listadas en bolsa son ocupadas por mujeres, y el 73% de las compañías no cuenta con ninguna mujer en sus direcciones clave. Sin embargo, México y Colombia han avanzado en marcos de sostenibilidad corporativa, con la publicación de taxonomías ambientales y sociales en 2023.
El caso de negocio: diversidad que rinde frutos
Más allá de la justicia social, la evidencia señala que la diversidad de género en roles de sostenibilidad tiene impacto directo en el desempeño empresarial:
Lo que aún falta: barreras estructurales
A pesar del avance en roles de sostenibilidad, el camino de CSO a CEO sigue siendo prácticamente inexistente. Como señala Ellen Weinreb, fundadora del Weinreb Group: aún no se ha trazado esa ruta en el mundo corporativo.
Investigaciones recientes (South Florida Journal of Development, 2025) destacan que muchas organizaciones carecen de condiciones de conciliación laboral como horarios flexibles, licencias parentales equitativas o servicios de cuidado infantil, lo que obliga a las mujeres a asumir sacrificios personales para avanzar. Esta barrera no solo afecta a las mujeres: limita la diversidad en la toma de decisiones y perjudica el desempeño organizacional.
En los últimos meses, los costos no han parado de subir. La factura de electricidad, el precio del diésel, el gas, todo ha subido. Y con los conflictos que se han intensificado en el Medio Oriente durante este 2026, nadie espera que la situación se calme pronto. El petróleo vuelve a ser un factor de incertidumbre, y eso se traduce directamente en presión sobre los márgenes de cualquier negocio.
Cuando hablo con líderes de empresas, muchos me dicen lo mismo: "sostenibilidad suena bonito, pero ahora tengo que sobrevivir el trimestre." Lo entiendo perfectamente. Pero quiero contarles algo que los números confirman una y otra vez: las empresas que apostaron por la sostenibilidad antes de estas crisis son, hoy, las que están sobreviviendo mejor.
¿Qué tiene que ver ser sostenible con mis costos?
Todo. Una empresa sostenible depende menos del petróleo, menos de materias primas escasas y menos de proveedores concentrados en zonas de conflicto. Cuando el barril sube, a esa empresa simplemente le duele menos.
El caso que más me gusta citar es el de IKEA. Cuando la guerra en Ucrania desató una crisis energética feroz en Europa en 2022, esta empresa ya tenía más de un millón de paneles solares instalados en sus tiendas. Sus competidores absorbieron alzas brutales en electricidad. IKEA operó con relativa calma. Su director de sostenibilidad lo dijo sin rodeos: esa inversión "terminó ayudando a la viabilidad y rentabilidad de nuestras unidades de negocio." En 2023, invirtieron 700 millones de dólares más en renovables y cubrieron el 79% de su consumo operativo con estas fuentes.
¿Hay estudios que lo demuestren?
Sí, y son recientes. Esto no es teoría de hace veinte años, es lo que está pasando ahora:
Tres cosas concretas que ya están funcionando
1. Dejar de depender del combustible
Según IRENA, el costo de la energía solar cayó un 82% desde 2010. Hoy, el 91% de los proyectos renovables a escala industrial genera electricidad más barata que la de combustibles fósiles. Instalar paneles solares, mejorar la eficiencia de la flota o invertir en un edificio más eficiente ya no es un lujo verde: es una póliza de seguro contra la volatilidad del petróleo. El Carbon Trust estima que migrar a renovables puede reducir los costos energéticos entre un 20% y un 50% en el largo plazo.
2. No depender de un solo proveedor
Según el BCI Supply Chain Resilience Report 2024, casi el 80% de las empresas sufrió disrupciones en su cadena de suministro durante el último año. Patagonia lleva más de una década construyendo una cadena de suministro auditada, con estándares ambientales y sociales claros — y cuando llegaron las disrupciones globales, reaccionó más rápido que sus competidores.
3. Evitar conflictos con las comunidades
Un conflicto social puede paralizar operaciones en cuestión de días; las multas, costos legales y el daño reputacional pueden tardar años en recuperarse. En minería y energía lo llaman "licencia social para operar". Si la comunidad te ve como un aliado y no como una amenaza, tus operaciones son más estables, predecibles y rentables.
"Yo tengo una PYME..."
El Foro Económico Mundial señala que las pymes que integran eficiencia energética y gestión responsable de residuos pueden identificar ahorros reales y diferenciarse en mercados exigentes. No hay que hacerlo todo de golpe: se puede empezar revisando el consumo energético, reduciendo residuos o trabajando con proveedores locales.
El mundo cambió, y las reglas del buen negocio también
Vivimos en un mundo donde un conflicto al otro lado del planeta puede subir el precio de tu combustible mañana. Donde tus clientes eligen con más conciencia que nunca. Donde los inversionistas ponen su dinero donde ven menos riesgo. Las empresas que lo entendieron antes están pagando menos energía, sufriendo menos disrupciones y generando menos conflictos en sus territorios.
Después de más de diez años trabajando en reciclaje y gestión de residuos, hay algo que he visto repetirse constantemente: el reciclaje en las organizaciones muchas veces falla, pero no por falta de contenedores. Falla porque no existe una gestión integral detrás.
Y cuando hablo de organizaciones, no pienso solo en empresas. También pienso en oficinas, colegios, instituciones públicas, comunidades y cualquier espacio donde se generen residuos. Con el tiempo he identificado algunos problemas muy comunes que terminan afectando los resultados del reciclaje — y algunas acciones concretas que realmente ayudan.
Problema 1: No existe una estrategia de gestión de residuos
Muchas organizaciones quieren reciclar, pero no tienen una estrategia clara detrás. Una estrategia no es solamente definir una meta o instalar puntos limpios: implica un compromiso real, asignar recursos, levantar información y entender qué residuos se generan. Además, hoy esto va mucho más allá del cumplimiento normativo — la economía circular está transformando la forma en que entendemos los residuos. Muchas organizaciones todavía los ven únicamente como basura, cuando en realidad pueden transformarse en recursos valorizables e incluso generar retornos económicos.
¿Qué ayuda a resolverlo?
Desarrollar una estrategia de gestión de residuos alineada con la estrategia de sostenibilidad de la organización:
Porque sin planificación, el reciclaje termina dependiendo solamente de la buena voluntad de las personas.
Problema 2: La operación está desconectada de las metas de reciclaje
Muchas organizaciones tienen metas ambientales, indicadores o campañas de reciclaje, pero las personas que interactúan diariamente con los residuos no conocen esos objetivos. El ejemplo más claro suele ocurrir con las empresas de aseo externas: su objetivo principal es mantener los espacios limpios, así que todo lo que está en un basurero termina yéndose como basura. Solo lo correctamente segregado llega al reciclaje. Ahí aparece una desconexión enorme entre la estrategia y la operación real.
¿Qué ayuda a resolverlo?
Contar con un plan de gestión de residuos que identifique claramente a todos los actores involucrados — trabajadores, empresas de aseo, proveedores, administraciones, servicios externos — y defina para cada uno acciones concretas:
El reciclaje no depende solo del área de sostenibilidad. Depende de todas las personas que interactúan con los residuos.
Problema 3: No existe educación ambiental
Muchas organizaciones implementan infraestructura para reciclar, pero nunca explican por qué existe, cómo debe utilizarse o cuál es el impacto que se espera lograr. Vemos contenedores segregados para papel, plástico o latas, mientras los residuos reciclables siguen apareciendo dentro de los basureros comunes — no siempre por falta de interés, sino porque las personas no entienden cómo participar.
¿Qué ayuda a resolverlo?
Desarrollar un plan de educación ambiental que defina objetivos concretos, públicos, temas prioritarios, frecuencia de capacitaciones, recursos y presupuesto disponible, e indicadores de seguimiento. Cuando las personas entienden por qué es importante separar residuos y cómo eso impacta en las metas de la organización, el comportamiento cambia muchísimo.
Problema 4: Seguimos diseñando espacios para botar basura
Muchas organizaciones implementan puntos de reciclaje, pero mantienen basureros individuales por todas partes — y mientras eso siga ocurriendo, las personas seguirán usando el basurero como primera opción. La clave está en eliminar progresivamente los basureros aislados y reemplazarlos por estaciones de segregación, presentando el contenedor de basura junto a los de papel y cartón, plásticos, latas y otros materiales reciclables. El reciclaje funciona mucho mejor cuando el sistema está diseñado para segregar y no solamente para desechar.
Checklist: cómo está funcionando el reciclaje en tu organización
¿Cómo partiría trabajando estos desafíos? Sin duda el punto de inicio es contar con un plan de gestión de residuos. Ese, para mí, sería el primer paso para avanzar de manera estratégica en la gestión de residuos.
Hace algunos años, cuando estaba en la universidad, tuve una salida a terreno al relleno sanitario ubicado al norte de Santiago, en la comuna de Til Til. Al bajarme del bus, lo primero que vi fue una bandada enorme de cóndores. Estimé unos 200. En otro contexto, habría sido una imagen impresionante. Pero ahí, sobrevolando toneladas de basura, era difícil sentir otra cosa que no fuera tristeza. Esas aves, símbolo de nuestro país, estaban alimentándose de nuestros residuos. Y muchas de ellas estaban enfermando por eso.
Esa imagen no se me ha olvidado. Y volvió con fuerza hace algunas semanas, cuando la ONU publicó una actualización de su monitoreo global de emisiones de metano mediante satélites. Entre los puntos identificados con mayores emisiones en el mundo, apareció Chile. Y el primer lugar era, precisamente, un relleno sanitario en la zona norte de Santiago.
Por qué el metano importa más de lo que creemos
El metano es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂ en el corto plazo. Aunque permanece menos tiempo en la atmósfera, su capacidad de atrapar calor es significativamente mayor durante los primeros años después de ser emitido. Un 20% de las emisiones globales de metano proviene de algo que hacemos todos los días: mandar residuos orgánicos a rellenos sanitarios.
Cuando los restos de comida, residuos de jardín u otros materiales orgánicos se descomponen en ausencia de oxígeno, como ocurre dentro de un relleno sanitario, liberan metano directamente a la atmósfera. Es lo que ocurre en miles de toneladas de residuos, todos los días, en casi todas las ciudades.
Los residuos orgánicos no son basura
Durante décadas hemos gestionado los residuos orgánicos con una lógica muy simple: sacarlos de la vista lo antes posible. Van al basurero, se retiran, y el problema parece resuelto. Pero no lo está. Solo lo estamos trasladando a otro lugar. Desde la economía circular, los residuos orgánicos no son un problema de disposición: son un recurso mal gestionado. Dependiendo del tipo y la cantidad, pueden transformarse en:
El cambio de mirada es fundamental: el residuo orgánico no es algo de lo que hay que deshacerse. Es un material que puede seguir siendo útil si se gestiona bien.
El error más frecuente: solucionar sin diagnosticar
En mi trabajo con organizaciones, una conversación se repite con mucha frecuencia. Alguien del área de sostenibilidad o de operaciones me escribe algo así:
Y mi primera pregunta siempre es la misma: "¿Saben qué tipo de residuos orgánicos generan y en qué cantidad?" La respuesta, casi siempre, es no. Las organizaciones quieren implementar soluciones antes de entender su situación real, y eso lleva a inversiones que no funcionan, proyectos que se abandonan y equipos desmotivados. No todas las tecnologías de valorización funcionan con todos los tipos de residuos.
El diagnóstico: el primer paso real
Un diagnóstico de residuos orgánicos busca responder preguntas concretas:
Con esa información es posible evaluar qué alternativas de valorización son técnicamente viables, cuáles tienen sentido económico y cuáles se alinean con los objetivos de sostenibilidad de la organización.
Checklist para comenzar el diagnóstico
De la conciencia a la acción
Que Chile aparezca en el mapa global de emisiones de metano no es solo un dato estadístico preocupante. Es el resultado acumulado de miles de decisiones de gestión que se han tomado o evitado durante décadas. No podemos seguir normalizando que los residuos orgánicos terminen en un relleno sanitario como si no existiera otra opción. Hoy existen alternativas, y en muchos casos son viables técnica y económicamente.
Si en tu organización generan residuos orgánicos y aún no saben exactamente qué tipo ni cuánto, ese es el lugar desde donde partir. No hace falta tener todo resuelto para comenzar. Hace falta tener la información correcta para tomar buenas decisiones.